miércoles, marzo 14, 2007

Vengo en plural

Vengo en plural, de un largo camino.
Jaques Bergier y Louwis Powells
y Tintín sin cortina de hierro.
Pasé por colador la sangre de mi infancia,
papá Nano, Ale Sanz y mucha España
con Sabina y su pluma quevediana.

El Nazareno me dio la espalda y sus llagas describieron un misterio.
Maestro Leonardo, Anatole France desde un espejo.
Enrique Larreta glorificándome con Don Ramiro.
Lázaro inmortal, Hermes Trismegisto,
Robespierre y las cunas griegas de allá lejos.
Pase Nerón por las iglesias, que no ya entramos: son de un talle menos.

Mi cielo lapislázuli ha anochecido con metáforas de Sartre y óleos negros.
Desde él sube la noche más oscura
y las estrellas refulgen de vida.
Nunca fue más firme un firmamento.

Matt Groening, Liniers con mi ternura en su acuarela.
Mujica Láinez y Ricardo Palma: el que busca busca;
encontrar es otra historia, que empieza.
Dolina enviaba su Ángel Gris a barnizar mis sueños
y con este rocío he crecido: soy el bosque de estos árboles, soy el hijo de esta historia.

Che Guevara, rugiste un verbo de libertad que sigue vibrando en cada uno de mis versos, como las mil vías de un mismo tren. Es un verbo que conjugo a mi entender.
Silvio Rodríguez y sus melodías, esas caricias melancólicas y ausentes.
Mis amigos, mis amores, la magnitud que me dieron, las que sonrieron, son heridas irrevocables, la piel se ajusta a nuestra forma.

Soy mi dueño: no hago planes, me doy órdenes.
Ato mis sueños a una cadena, y a tirar.
En todos ellos me amparo, nunca en la constitución, cuando pasan los eslabones de infiernillos candentes y afilados.

No puedo olvidar, llevo a cada uno en la memoria de mis huesos, que son albergue de inmortales.
Con todos ellos vengo, y si usted, rey de su castillo, le niega a alguno la entrada, amputármelos no puedo. A otro feudo nos iremos a sembrar semillas de buen alba.
Eso, si el Ernesto de mi sangre se guarda de batirse.



















Armado otra vez, pero sobran tornillos.

jueves, febrero 22, 2007

Moderna

No sabe a dónde ir ni qué hacer ahora que tanto el tiempo le sobra
y ni sabe cuánto le sobra desde que no hace ruido la arena del reloj.

Ahí la ví: sentada junto a la ruta, corazón de piedra sobre piedra.
Añorando su luna de plata y cicuta estaba la muerte pensando, quién sabe.
Tal vez en sus días de implacable y no en éstos, que las penas rondan ajenas, y una vino intrusa a arroparse justo en sus costillas y desde ahí le soplaba un pensamiento:
¿Qué hago ahora conmigo si ya nadie se juega el aliento?

La había visto antes pasar encapuchada por la estación de los últimos trenes.
No encontró a nadie, no señor, nada de nadie y no encontró
ni un suspiro suspirando por su dueño ni un sueño partido por el peso de los intentos.

Como llegó se fue después de ver al último tren de la niña irse, y sin niña corriéndole atrás.
Derramadas en el viento giraban por el suelo algunos viejos boletos y todavía giran,
giran penas, giran cosquillas y se juntan en una rejilla
para ser tan suelo como las baldozas que de a poco se enfrían.

¿Y la niña, me preguntan? Ya no deshoja margaritas, ni huele la miel de los panes lactales y es que algún canal lo hace por ella y ella lo mira marchita a la deriva de un sillón que sube, que sube y que baja en el vaivén de la marea de la luz del televisor.
Y eso le apenaba a la muerte, destituida de su imperio:
¡Qué demonio de caja, que hace de los cuerpos una sepultura para el alma!






Pasan los días, pasan

lunes, enero 15, 2007

Gota de bálsamo

Qué se siente -que lo diga él sólo- ese frío de aliento de otoño a la mañana siguiente de un desvelo de algodón envuelto en mi camisa del hombre feliz.
Qué se siente- que lo diga él sólo- que esa piel blanca de arena
le hiciera camino al exilio, al desierto y sus penas.

Con su hilo de voz se pregunta qué dios le abrió en dos tal escote esa noche.

Qué se siente- que lo diga él sólo- que el recuerdo más preciado le hiciera la vida ya toda descenso, ya toda ceniza, ya sol desvelado.
Qué se siente la carne después del Edén de sus labios, de las sábanas despeinadas a las mesitas de luz inundadas de sus burlones resabios.

¿A qué saben -que él se responda- las noches desnudas
después de esa miel de origen divino?
Qué invierno los besos después de beberse uno de esos.
Qué sequía son otras cinturas después de ese exceso.

Ya es memoria de un sueño. De vuelta en los suelos, sólo le queda el secreto sombrío que la memoria le guarda en cada uno de sus abrazos, ahora tan mortales.
...tan mortales.


















Mañanas de ayer
 
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